ANGEL Y ANGELINA, por Carlos A. Toro Ponce

Fue, precisamente en aquellos días de la famosa lluvia de estrellas, en donde cientos de meteoritos, cual un maravilloso juego pirotécnico natural, cruzaron como ráfagas por el límpido cielo elquino, cuando estos dos nuevos personajes arribaron al valle. Llegaron juntos, cuentan los que fueron testigos de su llegada, y que bajaron volando desde lo más alto de aquel imponente cerro magnético ubicado en el fondo del valle de Cochiguaz: el Cancana, que en lengua indígena significa altar.
Más que volar, flotaban en el aire, sin alas y sin batir sus brazos a diestra y siniestra, descendiendo -o caían- lentamente hacia el valle. Se deslizaban, como si ése fuese un acto de levitación a la inversa, y con sus túnicas blanquísimas flotando en la suave brisa de aquella noche maravillosamente clara de estrellas fugaces. Siempre pegados a las faldas del cerro, ora horizontalmente, ora verticalmente…, ambos celestiales personajes perdieron altura lentamente hasta posar sus delicados pies en el no tan sacro terreno del valle. Pero, a pesar de que fueron decenas de ojos humanos que los vieron descender flotando, hasta el día de hoy nadie cree que ellos sean un par de ángeles, pues no tienen alas o cosa que se le parezca.
Quizás, murmuraban los aldeanos, fue el exceso de marihuana consumido por la pareja, lo que los hizo volar y flotar por el aire. Además, los campesinos, a lo largo de sus vidas, han visto tantas cosas extrañas en aquellos parajes, que ver flotar a un par de individuos en el aire no les llamó mucho la atención.
Dijeron, refieren los aldeanos, que ellos, ese par de seres llegados de las alturas, andaban cumpliendo una misión divina encomendada por el Todopoderoso Creador, y que trataban de encontrar el derrotero del Judío Errante, pues hacía años que éste se le había extraviado a Dios en los tantos caminos recorridos de su eterno vagabundear. Pero el poderoso magnetismo del Cancana les impidió seguir sobrevolando la zona y los atrajo inexorablemente a la tierra y, lamentablemente para este par de ángeles, el poder de Dios nada pudo contra ello.
“Ya no pueden volar más”, comentaban, un tanto burlescos, los mismos aldeanos de la zona, pero en el transcurso de los años los lugareños ya no se hacen problemas con su presencia en el lugar. Hay tanta gente extraña viviendo hoy por esos lares, que un par de individuos esotéricos más que se dicen ángeles, ya no es cosa del otro mundo para ellos.
De todas maneras, el hombre se llama Ángel y la mujer Angelina, pero a pesar de sus nombres, aún los comarcanos no pueden creer que ellos sean un par de personajes celestiales enviados por Dios para encontrar al Judío Errante.

CARLOS A. TORO PONCE
Escritor chileno de la ciudad de Vicuña. Edad: 71 años. Obrero de toda una vida, hoy está jubilado del INP, y recibe una pensión de “gracia” por ser un ex-preso político.

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